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Mis primeras vacaciones con dos gatos (y III): Atún y el síndrome del faraón

Mis primeras vacaciones con dos gatos (y III): Atún y el síndrome del faraón

Era el primer verano de Atún en Ribadesella, así que todo era nuevo para él. Tiene 4 meses y, si hacemos la conversión a años humanos, sería, según los expertos, entre 6 y 8 años. Que tenía un gran verano por delante, vaya. Todo diversión y ninguna obligación. Ni hacer la cama, ni recoger la mesa… nada que ver con Mía, que a sus tres años es de gran ayuda en casa. No, es broma.

Después de que Mía le enseñara las normas de la casa el primer día a base de collejas, Atún empezó a coger confianza y a la semana ya era el de siempre: corriendo como un poseso por el pasillo, siempre con ganas de jugar, curioseando por todas las habitaciones, oteando el horizonte a través de la ventana… Y, por encima de todo, tratando de descubrir los rincones en los que su hermana mayor se escondía de él. Mía se ha dado cuenta de que hay sitios a los que el pequeñajo aún no puede acceder y cuando se cansa de él (más o menos una vez cada cinco minutos) se retira a sus RLA (Rincones Libres de Atún). Parece no acordarse de lo mal que se portó ella en su primer verano en el norte.

Una tarde, no lograba encontrarla. Y ya sabéis que los dueños de gatos, cuando no encontramos a uno en casa, rápidamente comenzamos a hacer extrañas asociaciones en nuestra cabeza. Esas conexiones mezclan superpoderes felinos y grandes desgracias. Y solo existen en nuestra cabeza.

Encontré a Mía es una de las baldas del armario de la habitación de mi madre. Estaba lo suficientemente alto como para no imaginar que hubiera llegado hasta allí y estaba situada en una posición en la que, o mirabas exactamente ese punto del armario o no la veías. Era un escondite perfecto. Perfecto hasta que llegué yo, claro.

Pude ver la cara de decepción de Mía, ya que, ¿adivinan quién apareció detrás de mí? Efectivamente, Atún. A partir de ese día, cuando llevaba un rato sin verlo, iba hasta el armario y bingo, allí estaba. Atún se pasó todo el verano imitando a Mía. Imitando hasta la usurpación: él quería hacer lo mismo que ella, pero claro, en el armario solo había sitio para uno, en el rascador más de lo mismo… Las vacaciones han servido también para comprobar lo buena y paciente que es.

Pero sin duda el momento estrella de las vacaciones fueron las noches. Atún no dejó de venir ningún día a mi cama a eso de las cinco de la mañana. Creo que va a tener una adolescencia complicada. Y si yo llegaba más tarde (¿qué se creen, que los dueños de gatos no salimos?), ahí estaba desde el primer minuto para subirse a la cama y comenzar un extraño ritual: cada noche, sin excepción, me subía uno a uno todos sus juguetes, también sin excepción. Es decir, que un servidor amanecía rodeado de un ratón, varias pelotas de goma, una pluma, un extraño ser que parece una mopa pero que no lo es, ya que lo compré en una tienda online para mascotas. Cada mañana, amanecía como los faraones egipcios o los líderes mayas. Rodeado de preciados bienes (bienes gatunos, se entiende). Era una especie de ofrenda al dios del amanecer. El problema es que Atún, una vez que subía los juguetes, no quería jugar con ellos. Quería jugar conmigo. Me hace bastante ilusión que mi gato me considere un ser divertido.

Cuando ya los tres empezábamos a alcanzar el nirvana, llegó la hora de volver. Atún se metió un día antes en el transportín y Mía, cosa rara, no gruñó al entrar. El camino de vuelta lo hicimos sin sobresaltos. Atún debió de tener alguna reminiscencia del viaje de ida y decidió callarse a la hora de trayecto, no fuera a ser que las llevara al llegar a Madrid.

Al entrar por la puerta y soltarlos, cada uno corrió en una dirección. Mía hizo una rápida batida por la casa para dejar su olor y Atún la observó a una distancia prudencial. Después, los dos me miraron. Parecían estar diciendo: “Pedrín, las vacaciones están bien, pero mucho mejor la rutina. Que a veces te olvidas de que somos gatos”.

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